LA FUNDACION
ISO37001
CORRUPCIÓN
BUSINES ETHICS
LA RESPONSABILIDAD
LA MAGNANIMIDAD
LA HUMILDAD
EL TALENTO
LA PRUDENCIA
ETICA,MORAL, VALORES
REFLEXIONES
CONTACTO
Mapa del sitio

Mucha ética y pocas nueces

 

Comenzábamos el año en Canvas deseando buenos propósitos e invitando a las organizaciones a poner en práctica su músculo ético. “Un tejido empresarial responsable y orientado al bien común siempre estará mejor preparado para evitar las crisis y ser un motor de la sociedad” decíamos entonces. Nueve meses más tarde, el caso de Bahamas Leaks y la portada del Financial Times del pasado miércoles hablando sobre el escándalo de Wells Fargo, nos hacen pensar que hace falta mucho trabajo para lograr mejores propósitos y realidades en el mundo de las organizaciones

El banco estadounidense creó hasta 1,5 millones de cuentas falsas a nombre de sus clientes y emitió más de medio millón de tarjetas de crédito no solicitadas. Lo peor ya no es el acto en sí de engañar a los clientes sistemáticamente, algo que afecta directamente a la ética de un negocio con una reputación ya diezmada; sino el hecho, una vez más, de eludir responsabilidades. Es importante recordar que quien tiene más poder tiene mayor responsabilidad. Sin embargo, Wells Fargo ha culpado de estas prácticas a sus empleados y ha anunciado un despido del 2% de la plantilla, pero no ha declarado ningún tipo de responsabilidad para sus máximos ejecutivos. Sorprendente.


El profesor Freeman, padre de la teoría de los stakeholders, define la ética de una organización como un diálogo entre sus diferentes grupos de interés en donde todos tienen que trabajar en la misma dirección con el mismo propósito. De lo contrario se produce un desequilibrio entre el famoso “ser” y “parecer”.


Tal vez por la distancia cada vez mayor de propósitos, la sociedad está reaccionando: los micro-poderes de los que habla Moises Naim, cada vez toleran menos que los comportamientos poco éticos se sigan produciendo sin culpables, o con aquellos que tienen la mayor responsabilidad sin menores consecuencias.


Las empresas son fundamentales en la sociedad en que vivimos y su futuro depende de si se consideran un ciudadano corporativo y sus directivos se perciben como responsables directos de las mismas.


Un futuro que tiene que ir marcado por un claro compromiso con el diálogo real, gen mismo de la ética, y la escucha activa de los grupos de interés, donde para las organizaciones es cada vez más necesario escuchar e incorporar cambios en sus proyectos de negocio. El mercado funciona hoy con nuevas dinámicas y límites impuestos por la demanda de transparencia y coherencia. De lo contrario seguiremos teniendo una visión muy cortoplacista, con los riesgos que conlleva para la supervivencia de las compañías en el largo plazo.


Isabel López Triana


Socia de CANVAS Estrategias Sostenibles


@canvasRSC


Imagen https://unsplash.com/@weareambitious>

 


 

 

 

La calificación de los actos estatales

17 oct, 2013 | 17 oct, 2013 | En la ley no hay elementos ociosos. Se presume que cada uno de los elementos que integran el ordenamiento jurídico debe su presencia a un criterio de necesidad. Todos y cada uno de los párrafos, frases y palabras, todos y cada uno de los aspectos que se establecen en la ley, están sujetos al principio de que se requieren y son indispensables para el perfil de un instituto determinado. De igual forma respecto a los principios, también sujetos a ese principio de economía. Esa exigencia es particularmente debida cuando se trata de la Constitución Nacional, que concentra la filosofía práctica del sistema jurídico, donde, por consiguiente, la jerarquía de las normas impone la necesidad de que éstas sean precisas y no tengan elementos sobrantes, innecesarios, ociosos.

Del principio de la necesidad no está exceptuado el Principio Ético Constitucional, establecido en el articulo 2º: si fue implantado allí por el constituyente, no se le puede obviar, debe tomársele en cuenta, reconocer su presencia y calificar su jerarquía, más aun por razones axiológicas. Por lo tanto -lo repetiremos una vez más, sin cansancio-, el Principio Ético no es un elemento ocioso: es un factor necesario, plenamente activo y eficaz, que debe regir también sobre la calidad y validez de los actos estatales, condicionando su existencia. Y por causa de su naturaleza, debe surtir en el Estado, efectos distintos a los que produce el Principio Jurídico como factor exclusivo. Está llamado, pues, a generar un salto cualitativo desde la concepción puramente jurídica de la técnica de creación de los actos estatales, hasta el plano más elevado de los planteamientos éticos.

Sería rotundamente absurdo que, teniendo el Principio Ético por objeto fundamental, el Estado y sus actuaciones, careciera de trascendencia la violación de los valores éticos y de los principios morales cuando se realizan los actos estatales, como ocurre en el Estado de Derecho, donde la validez de los mismos no está en modo alguno relacionada con el valor de la dignidad humana, ni el funcionario siente comprometida su responsabilidad moral, cumpla o no los requisitos jurídicos del acto estatal.

En el Estado Ético de Derecho la realización misma del acto estatal se vincula íntimamente con el acto moral del cual emana, y por esta razón no es suficiente establecer si una actuación del Estado satisface los requerimientos de la Ley Jurídica, sino que es necesario, como labor previa, efectuar con­sideraciones de naturaleza ética y moral respecto a la rectitud y corrección intencional del acto, en relación con la Ley Moral, el Principio Superior de Perfección y los Valores Superiores: así, a la cuestión de la validez jurídica del acto, precede la cuestión de su validez ética, es decir, la consideración axiológica de su razón moral de ser. En la esfera de la ética, validez y existencia del acto son conceptos inseparables, que se con-funden e identifican.

El Estado Ético de Derecho constituye una grada fundamental en el ascenso de la conciencia de la sociedad y de la humanidad. En este supuesto, serían absolutamente imposibles la supervivencia y la eficacia de un Estado cuyos funcionarios y cuyos actos no percibiesen la autoridad del Principio Ético. Se resentirían fundamentalmente los Derechos Humanos, médula finalista del Estado Ético de Derecho. Porque la realización de ellos no descansa en la concepción meramente jurídica de los actos estatales, sino en la substancialidad moral que determine sus fines.
Uno de los aspectos que destacan la diferencia entre el Estado de Derecho y el Estado Ético de Derecho, es la calificación del acto estatal.
En el Estado de Derecho es fundamental que el funcionario realice el acto sujetándose estrictamente a las exigencias impuestas por la Ley Jurídica. En el Estado Ético de Derecho ello no es suficiente, ya que no puede desvincularse la calidad del acto jurídico estatal, de la calidad del acto moral del funcionario que lo realiza.


 

 LOS VALORES CAMBIANTES

Alguna vez un mentor me explicó que los principios son inamovibles. El máximo de ellos es y debe ser el respeto a la vida. Por ello en todo el mundo se sanciona el homicidio. Los principios se definen como normas de conducta de carácter intrínseco de una persona ateniéndose a conceptos éticos y morales fundamentales. Lo que cambian son los valores. Los valores son códigos morales que aplican las sociedades, rigen históricamente el destino de éstas y se establecen para armonizar las relaciones entre sus integrantes. De tal suerte, los valores de una sociedad son distintos a los de otra y cambian conforme pasa el tiempo. Por citar un ejemplo, en los países musulmanes como Arabia Saudita, se permite la poligamia, y conforme a los cánones del Corán, y a los valores de las sociedades regidas por dicha religión, un hombre puede tener varias esposas. Sin embargo, conforme a los valores de las sociedades occidentales judeo-cristianas, la poligamia está prohibida y en algunos casos, hasta sancionada penalmente. Todavía en épocas no muy lejanas, era permisible y hasta aceptable que un hombre adulto se casara o tuviera relaciones sexuales con una joven adolescente. Hoy en día, esta conducta constituye un delito en el mundo occidental actual. Otro aspecto de los valores cambiantes en las sociedades se manifiesta en el sistema educativo. Cuando yo era estudiante de primaria y secundaria, nuestros maestros de historia y geografía y por supuesto los de español, nos reprobaban por faltas de ortografía y gramática, así haya sido el omitir un acento en una palabra, sin importar que nuestros conocimientos vertidos en un examen fueran impecables. Hoy en día, el hablar y escribir incorrectamente es visto como algo irrelevante. De tal suerte, vemos en los medios, sobre todo los impresos, errores de ortografía garrafales, que son fácilmente corregibles ya que los señalan los correctores habilitados en cualquier procesador de texto. Me llama la atención que hasta los auto-llamados líderes de opinión utilicen expresiones como “haiga” en lugar de haya, “nadien” en lugar de “nadie”, y por supuesto incorporen a su vocabulario expresiones del llamado “Spanglish”, tales como “taxas” y “aseguranza”, palabras que aún no existen en el idioma español. Pero ello es peccata minuta. Lo realmente sorprendente es cómo, a lo largo de dos décadas hemos transitado a ser una sociedad relativista donde las transgresiones éticas más graves no nada más son hechas a un lado como si fueran errores minúsculos, sino que hasta son enaltecidas. El resultado es tenemos a un ejército de personas que creen en el mantra de que las reglas aplican a todos, excepto a ellas y que nada es del todo malo o del todo bueno. Son de las que justifican los actos de un violador serial como el que asoló al área de Lake Highlands hasta su aprehensión, arguyendo que el “pobrecito” tuvo problemas de autoestima y que éstos fueron la causa de su conducta. Una cosa es pasar por el trago amargo de un fracaso, el cual nos brinda una inequívoca oportunidad de aprender, levantarnos, lamer nuestras heridas y triunfar con base en la experiencia obtenida. Así, el haber fracasado en un negocio puede ser una experiencia invaluable para triunfar en otro negocio en el futuro. Pero otra cosa muy distinta es cometer transgresiones éticas graves y usarlas como instrumentos de auto-promoción, sabiendo que la sociedad no va a verlas como algo necesariamente malo.

 

Un caso muy emblemático es el del exgobernador de Nueva York, Eliot Spitzer, quien cayó en la desgracia después de que se ventilaran en los medios sus escandalosos pagos por servicios de prostitutas de alto calado, que ascendieron a decenas de miles de dólares. Por supuesto, si hubiera sido un hombre soltero, lo más que se le hubiera podido reprochar es que no tenía necesidad de pagar por algo que podía tener gratuitamente. Pero el hombre estaba casado. Con ello no solamente violó sus votos matrimoniales, sino que cometió un acto de traición en contra de lo que supuestamente debió ser lo más sagrado para él: su familia. ¿Cómo puede la ciudadanía confiar en un hombre que demostró no tener valores éticos? Caso similar es el del Presidente mexicano Enrique Peña Nieto, de quien se expusieron sus amoríos estando casado con su primera esposa. Ahora Eliot Spitzer está contendiendo para ser Contralor de Nueva York y promueve su candidatura con un anuncio que dice “Fallé. En Grande” y arguye que el escándalo de prostitución en el que se vio envuelto no fue del todo malo. Tal parece que por lo menos en la política, el fracaso bien manejado, es algo positivo y que el público, en esta era de ética relativista, perdonará hasta las trasgresiones más vergonzosas de nuestros políticos. Eso habla muy mal de nuestra sociedad. Hasta la próxima y buena suerte.


 

Ética y moral, conciencia y ley


Hace medio siglo, el sargento titulado en la vida, no el Colegio Militar, no se conformaba con dar instrucción marcial a los conscriptos, sino que pretendía también una formación humana: “Muchachos, tengan moralidad. –¿Qué es moralidad, mi sargento? –Pues como no orinarse en la calle”. “Mi sargento”, que usó otro verbo más popular, no daba definiciones precisas, pero sabía muy bien por qué rumbos iba la moral. Más que ser buen soldado, sastre, músico, diputado, sacerdote, médico, lo que vale es ser buen “hombre”. Esto último es asunto de la ética y de la moral, ciencias y ejercicios de la conducta humana. Por hombre entendemos el ser humano, varón o mujer, como el griego “ánthropos”; el griego y el latín, nuestros ancestros, nombran con distintas voces al varón y a la dama (ver “Andrés” y “ginecólogo”; “masculino o viril” y “femenino o mujeril”).

La lengua, como sostenía hace 100 años el suizo Ferdinand de Saussure, padre de la lingüística moderna, es un conjunto de signos orales articulados y “convencionales”, propio de un grupo social autosuficiente: entre el laberinto evolutivo de la lengua, es preciso lograr un “acuerdo” o “convención” general sobre el significado y uso de conceptos y términos fundamentales, como “ética” y “moral”. Ambas palabras eran adjetivos, pero se han vuelto sustantivos, como “amigo” y “médico”. “Ética” término griego proveniente según Aristóteles, de dos palabras semejantes cuyo sentido al evolucionar se fusiona: “eethos”, guarida, habitación, carácter, y “ethos”, hábito, costumbre. “Moral” del latín “mores”, costumbres, equivalía a lo mismo: ciencia de la costumbre o de la conducta humana.

Para la escolástica de muchos siglos, la Ética era el estudio filosófico de la conducta según la razón, y la Moral, el estudio teológico según la Revelación Divina. En la actual cultura laica de Occidente, los filósofos y teólogos proponen otra distinción: “ÉTICA”, ciencia de los “valores” universales de la conducta humana; “MORAL”, ciencia de las “normas” particulares de la conducta socialmente aceptada, propia de una comunidad determinada y en un tiempo concreto. La “ética”, los principios, son universales y perpetuos; las “morales”, como las culturas, cambian, por adaptación, evolución (avance) y aun involución (retroceso). Un ejemplo: si en un pueblo polígamo un hombre tiene varias esposas, no falta a su moral, pero si las golpea, falta a la ética.

“Pero, afirman modernos autores (La construcción de la bioética, México, FCE, 2008), también la ética es guarida por salvarnos de la moral. La ética nos salva de ser ‘uno’ más del montón de borreguitos buenos, y nos lleva a pensar por cuenta propia. Es necesario estar dispuestos a ser inmorales, si se quiere ser ético”. Ejemplo clásico es el de Antígona, la de Sófocles, que arrostra la sentencia de muerte dictada por su tío Creonte, por rendir honores el cadáver del hermano opuesto al tirano: “Sí conocía tu decreto. Pero existe una ley eterna, por encima de tus caprichos, que nos ordena honrar a los que amamos. No la ha escrito nadie, pero está en el alma de todos”. Antígona sufre la pena capital, pero triunfa su ética. También Sócrates y Cristo fueron “rebeldes” a las leyes de poder abusivo y reos de muerte. Es el conflicto entre conciencia y ley, lo interno frente a lo externo. No debería de haber conflicto, si las leyes fueran siempre justas o favorables a la comunidad.

CONCIENCIA del latín “scio”, “conocer”, es el conocimiento íntimo de uno mismo, y la valoración de las propias acciones, en cuanto buenas o malas. El principio de la sabiduría de Sócrates lo encontró en la inscripción de Delfos: “gnothi seautón”, “conócete a tu mismo”. Es una información y un juicio. Algunos cuestionados por su conciencia, esperan salir limpios por la decisión de un juez, como muchos creyentes por la absolución de un confesor. Pero la conciencia, aunque haya jueces venales.

LEY del latín “lex” (“leg-s”), pariente de logos: lectura, dicho categórico. Es la expresión autorizada de las conciencias o convicciones de una comunidad (mal llamadas “conciencia colectiva”), manifestada o legitimada por una costumbre durable y respetable. No toda costumbre, sino sólo la “respetable” puede pasar a ley, según el pensamiento de Cicerón. Costumbre TAMBIÉN es robar, engañar. ¡Para aislar a Cuba se hizo una “ley”! La ley no es punto de partida, sino de llegada. Recoge y fortalece el acuerdo de una comunidad en un tiempo determinado, no vale si es la imposición arbitraria de un legislador o un gobernante. La buena ley cuida las relaciones sociales. “Dura lex, sed lex”, “la ley es dura, pero es ley”, sólo es un desafortunado aforismo de arbitrariedad. Otra expresión frecuente: “Nadie por encima de la ley”, va contra todos los que tomamos a la ley como un sostén, no una imposición sofocante. La ley no ha hecho mejor a nadie, y, manipulada y retorcida, ha protegido a muchos bribones. Ojalá todos nos superáramos y superáramos la ley, para vivir “por encima de la ley”. Cosa muy distinta es: “Contra la ley”. Además, no hay leyes para todo, sino sólo para lo mínimo, para lo indispensable en la convivencia.
Veremundo Carrillo Trujillo  Consejero

Consejo Estatal de Bioética

Top
THE RIGHT PERSON FOUNDATION | derafael@trpf.es